Por allá en el 2018, durante un matrimonio en el Parque Natural Chicaque, donde trabajaba en ese momento, ocurrió algo muy particular: Era una ceremonia elegante: los hombres vestían smoking y las mujeres lucían vestidos largos en tonos pastel. Mientras los invitados entraban a la capilla de Arboloco, apareció por una de las ventanas un colibrí Inca Collared, una especie cuyos colores característicos son el blanco y el negro. El contraste fue perfecto: smokings negros, vestidos claros y, en medio de todo, el pequeño visitante alado que parecía acompañar la ceremonia. Todo se convirtió en un momento mágico. Hasta entonces no había prestado demasiada atención a esas maravillosas criaturas, pero aquel instante fue un verdadero flechazo natural.
A partir de ese día decidí aprender más sobre las aves del parque y, en general, sobre la riqueza natural de los emprendimientos de San Antonio del Tequendama, donde también apoyaba, desde mi trabajo, en la constitución de la Corporación de turismo.
El camino comenzó con un curso ofrecido por la CAR a la Corporación. Luego vinieron talleres de fotografía, la compra de los primeros binóculos, la guía de aves y, por supuesto, la cámara fotográfica. Y entonces empezó la práctica: organizamos pajareadas en distintos lugares del municipio y poco a poco el avistamiento se volvió parte de mi vida. También llegó la “pinta pajarera”: tonos tierra, pantalón cómodo, chaqueta, cachucha y todo lo que pueda sumarse a un buen outfit para caminar entre senderos y observar aves.
Para el 2019 ya no desaprovechaba ninguna oportunidad para recorrer nuevas rutas y conocer más especies. Luego llegó el 2020 con la pandemia y su particular combinación de confinamiento y aprendizaje virtual. Fue entonces cuando comencé a tomar cursos en línea de identificación de aves y, sobre todo, a participar en las “pajareadas desde la ventana”, promovidas por la ABO (Asociación Bogotana de Ornitología).
En ese espacio personas de distintas localidades de Bogotá y municipios cercanos empezaron a compartir lo que veían desde sus casas: fotos, relatos y descubrimientos de aves que siempre habían estado frente a sus ventanas, pero que nunca habían notado. Yo hice lo mismo:
Tomé fotografías de las aves de mi barrio y las compartí en los chats comunitarios. Algunos vecinos, motivados por la iniciativa, sembraron flores y plantas para atraer a estos visitantes alados. Y estoy segura de que algo parecido ocurrió en muchos otros lugares.
Así empezaron a aparecer los protagonistas cotidianos de nuestros barrios: el copetón, la mirla, la torcacita, el colibrí chillón, el chamón, los azulejos, los canarios y muchas otras especies que conviven con nosotros. El hábito de pajarear —aunque sea desde una ventana— fortaleció algo muy importante: la conciencia sobre la necesidad de conservar el verde y el color de las flores en nuestros entornos urbanos.
Hoy, seis años después, dedico parte de mi tiempo de manera voluntaria a promover el aviturismo desde lo que denominamos el Organismo Central GBD Cundinamarca, un equipo que invita a personas y emprendimientos a participar en las jornadas mundiales de avistamiento que se realizan en mayo y octubre. En esta iniciativa buscamos promover capacitaciones, aprendizaje colectivo y visibilización de rutas públicas y privadas para la observación y fotografía de aves, destacando la extraordinaria biodiversidad de nuestro territorio.
También he encontrado una manera especial de viajar: participando en festivales de aves. Estos encuentros suelen incluir jornadas de formación, rutas de observación y espacios donde las comunidades locales comparten sus emprendimientos artesanales y comerciales. Los clubes infantiles de observadores de aves ocupan un lugar especial en estos festivales, porque es allí donde comienza el amor por la conservación a través de la contemplación de la avifauna.
En muchos casos también hay exposiciones de arte y fotografía inspiradas en las aves del territorio, así como espacios de investigación que nos permiten comprender mejor las profundas conexiones entre los distintos reinos de la naturaleza.
En uno de los festivales más recientes descubrí una temática que me tocó profundamente: el aviturismo como una forma de meditación activa.
Pero esa será la historia de mi próximo artículo.
Por ahora los dejo con una pregunta:
¿Conoces las aves de tu barrio?
¿Cuál es el ave de tu territorio que más te gusta?
Por: Stella Castellanos